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NO ME LLAMO NENA

no me llamo nena 2

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es conveniente dejarlo claro.

Prefiero tumbarme en el sofá, depilarme las cejas, hacer un par de sudokus y, si nos ponemos, darme al puenting o al parapente antes que traerte un vaso de agua o recalentarte los macarrones en el microondas: el nena que sigue a cada graznido me vuelve el vello del revés y da rienda suelta a mi instinto asesino.

Además, los gritos que escuchas cuando te da por cabalgarme mientras tomas mi cabello entre tus manos y estiras con toda la fuerza de un neandertal, querido, no son de placer. No me pone lo más mínimo sentir una barra medio flácida entre las piernas a la vez que me jalean exabruptos sacados de una película porno barata y, ya que nos ponemos, he repasado unas treinta veces las juntas de las baldosas, la lista de la compra y los versos que me gustaría escribirte mientras te creías el doble de Nacho Vidal.

Y para terminar, si me pongo una falda corta o me pinto los labios de rojo pasión 297 de L´Oreal antes de salir a la calle, esto no te da derecho a asaltarme en medio del supermercado o pegarte a mi oreja en el pub de moda mientras me cuentas tu vida, obras y tragedias: el espacio vital de toda mujer es su templo sagrado y, antes de acceder a él, es preferible haber sido invitado.

Pero porque conviene aclararlo y por si aún te quedan dudas:

no me llamo nena.
Beatrice Borgia, 20 de Julio de 2014

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