PALABRAS DE AMOR

 

 

 

 

 

 

Como no te calles
te voy a dar dos ostias.

no quieres creer en Dios
y vas a creer en su padre.

si te doy una ostia
vas a llorar con motivos.

Y el brillo del acero
quebrando infancias
a golpe y fuego.

¿Palabras de amor?
No
no las quiero.

No te enroques
déjame hacer y todo irá bien
ay mi niña eres tonta
sacrifícate por mi

Y arrastrarse hasta el extremo
huyendo de la jaula dorada
con el miedo en el cuerpo.

¿Palabras de amor?
No
no las quiero.

Siento borbotones de amor
cuando te pienso

te quiero como la ciudad
sólo tus besos me abrasan
vuela a mi lado, mi vida

Y suspirar entre sonrisas
cabalgar triunfos y derrotas
añorar tus enredos
tus auroras.

Palabras de amor
que quiero
palabras de amor
que me rescatan
entre las sombras.

Beatrice Borgia, 28 de Noviembre de 2011

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EL MISMO DESIERTO

 

 

 

 

 

“La ruta de las que serán violadas.
Las inmigrantes centroamericanas con rumbo a EE.UU.
saben lo que les espera en México.
Un anticonceptivo inyectable simboliza su sufrimento”
EL PAÍS, 14 de Noviembre de 2011

Luces de neón aguardan tu miseria
el sueño americano tiende su manto
espejismos en tus entrañas
humedad cruenta de desaliento.

Anti-México en tus hormonas
dispuesta a pagar el precio:

al menos librarse de un embarazo
abrir las piernas ante el pollero
respirar hondo ahogando el llanto
cuantas veces sea necesario

desgarrarse el alma
gemir el desconsuelo.

Un mísero trozo de carne
para verter el odio
y correrse de rabia mil veces
sin mirar el brillo de tus ojos.

Ladrones de inocencia rosada
verdugos preñados de testosterona
alzan sus pollas y placas

y tus lágrimas riegan el desierto
aferrándote al futuro y a la vida
para seguir resistiendo.

Al otro lado del charco
el mismo desierto ahoga otros llantos:
miles de mujeres mancilladas
por la bajeza del macho supremo
entre violencia y primarios deseos.

Mientras la ciudad se llena de luces
entona villancicos
sonríe en los escaparates

otra mujer atraviesa el desierto
despojada de sueños y aliento.

Beatrice Borgia, 22 de Noviembre de 2011

CORTA Y RECORTA

 

 

 

 

 

 

 

 

Rajoycito y sus secuaces
ensanchan carcajadas
prometiendo cava y mujeres
tras la victoria augurada.

Destellos en las urnas
ávidas cizallas
recortan el mañana.

Clases medias y bajas
no aprendáis, no hace falta,
vuestros hijos en barracones
hacinando sus esperanzas.

Destellos en las urnas
ávidas cizallas
recortan el mañana.

Protegiendo corridas de toros,
única cultura deseada,
sangre inocente en el ruedo
bárbaros aullidos de deleite.

Rajoycito se prepara
quiere ser papá Estado
atusa su barba jubiloso
recortará cuanto sea necesario.

Destellos en las urnas
ávidas cizallas
recortan el mañana.

Quebraos hasta las cloacas
por un mísero trabajo,
¿salarios insuficientes?
¡no os quejéis, so vagos!

Ley de Dependencia inviable:
para dormir tranquilos
donaremos a conciencia
a organismos amigos.

Destellos en las urnas
ávidas cizallas
recortan el mañana.

No penséis demasiado
papá Rajoy está preparado,
recortes de todos los colores
mirad hacia otro lado.

Solo un pequeño detalle,
Rajoycito querido:
tu niña está indignada
y no te dejará tranquilo.

Beatrice Borgia, 18 de Noviembre de 2011

PAPÁ MONSTRUO

Había una vez, en un pueblo gris y triste, una niña llamada Paula, alegre, soñadora y en constante búsqueda de la felicidad.

Cada tarde, al volver del colegio, se encerraba en su habitación y devoraba uno tras otro los libros de aventuras que en ella había: de este modo, viajó con el capitán Nemo a bordo del Nautilus, ingeniaba mil historias con los cinco y, a veces, suspiraba con los versos de Bécquer, Machado, Lorca… volaba, en resumidas cuentas.

En su mundo de letras y fantasía escapaba de la realidad de su hogar, pues en él habitaba un monstruo disfrazada de papá. Nunca sabía cuándo iba a aparecer, pues era un maestro del camuflaje; podía ver una sonrisa en su rostro para, tres segundos más tarde, transformarse en espantosas muecas mientras echaba espuma por la boca, retorciéndose y golpeando cada rincón de su pequeño y asustado cuerpecito, y el de su hermano pequeño, gritando palabras que dolían tanto o más que los golpes y que no terminaba de entender muy bien.

Paula y Eric, su hermanito, maquinaban mil formas para no despertar al monstruo y crecieron pensando que debían ser dos niños muy malos, pues ¿qué, si no, despertaba a la bestia si no sus travesuras?, aunque la mayoría de veces ni siquiera eran conscientes de haber hecho ninguna. En fin, era algo extraño.

¿Y su mamá? A ella también la había criado un monstruo, así que creía que esto sucedía en todas las familias, que sólo había monstruos en el mundo bajo la apariencia de hombres bondadosos y apacibles y que todos los niños recibían golpes, aunque a ella se le partiese en dos el alma con cada nuevo despertar de la bestia.

Los niños fueron creciendo y Paula siguió sobreviviendo gracias a sus libros, sus sueños, su mundo, mientras Eric, poco a poco, empezaba a parecerse cada vez más a papá-monstruo. A veces, en el cole, echaba espuma por su boquita y decía las extrañas e hirientes palabras que utilizaba papá; incluso, alguna vez, golpeó a Paula con la misma furia y comenzó a mirarla con un odio aún mayor y, claro, ella no entendía nada. ¿Qué estaba pasando con su hermanito, dónde estaba? Pasaba que, al ser los hijos del monstruo, también había un monstruito pequeño dentro de ellos, y en el caso de Eric terminó por comérselo y adueñarse de su cuerpo.

Cuando Paula descubrió este secreto se asustó muchísimo ¡no quería que también a ella la devorase!, así que empezó a idear el modo de huir lo más lejos posible, de construir un nuevo hogar, con toda su fuerza mantuvo a salvo la esperanza y guardó en un rinconcito de su corazón su mayor sueño, ser feliz y volar.

Paula creció y se marchó a la ciudad. Allí conoció a un joven que, con infinita paciencia, le hizo comprender que no todos los hombres se transforman en monstruos. Junto a él conoció el significado de la palabra libertad, del amor, y tuvieron un hijito que iluminaba cada mañana, incluso aquellas más oscuras en las que Paula todavía temblaba en silencio recordando su infancia.

No olvidaba que, en algún rincón, tenía un monstruo escondido esperando la oportunidad de comérsela y apropiarse de su vida; así, respiraba mil veces cada vez que su hijito estaba más travieso de lo habitual y, cuando sentía al monstruo asomarse y crecer en su interior, se asustaba tantísimo que tardaba varios días en volver a ser la misma.

El monstruo que había en el papá de Paula hacía mucho tiempo que no se dejaba ver pero, de vez en cuando, acudía a visitar a su hijito; a medida que el pequeño iba creciendo Paula tenía cada vez más miedo, pues en ocasiones, aunque ya no golpeaba, todavía decía las horrendas palabras que tanto daño había hecho a Paula y Eric.

Un día, al llegar a casa, de la boquita de su hijo salieron dos palabras como las de su abuelo, el monstruo, y a Paula se le heló durante unos segundos el corazón. Reaccionó inmediatamente, abrazó con fuerza al pequeño y empezó a pensar que había llegado el momento de reunir las fuerzas necesarias para desterrar definitivamente a papá-monstruo de sus vidas, antes de que le arrebatase a su hijo como ya le había robado a su hermanito Eric.

Así, un día, quedó con él a solas y, antes de que el monstruo pudiese reaccionar, lo metió en un gran saco verde, el color que paraliza a los papá-monstruos, lo cerró bien fuerte con una cuerda de plata y lo llevó muy lejos, al País del Arrepentimiento Eterno, donde esperaba que su papá, algún día, lograra vencer al monstruo que llevaba dentro.

Desde ese día, Paula empezó a sentirse mejor: su hijito cada vez se parecía más a su papá, aquel joven que había conocido al llegar a la ciudad, y poco a poco fueron alcanzando el sueño que Paula tenía siendo niña.

Su hogar se llenó de colores una mañana, sin previo aviso, y desde ese momento todo el que entraba en él salía con una agradable sensación en su corazón, sentía un calor tan extraño y reconfortante que sólo podía sonreír y ser amable con todos los que le rodeaban; desde ese día, ese hogar fue conocido comola Casadela Felicidad.

Y fueron felices para siempre.

Beatrice Borgia